| En 1907 siguiendo los deseos de su padre se matricula en la
Escuela de Comercio de Barcelona, y además asiste a
las clases de la Escuela de Bellas Artes de La Lonja,
donde recibe clases de Modesto Urgell y Josep Pasco.
A los diecisiete años, tras finalizar los estudios de
comercio, comenzó a trabajar como contable en una empresa
de metalurgia y química, lo que le terminó ocasionando
una leve crisis nerviosa y fiebres tifoideas, situación
de la que se fue recuperando en la masía que, por esas
fechas, su familia adquirió en Montroig (Tarragona),
pueblo de sus abuelos paternos al que Miró acudió periódicamente,
y que resultó ser un lugar importante en su trayectoria.
En 1912 se matricula en la Escola D,Art dirigida por
Francisco Gali. Academia que proponía una educación
artística integral, donde además de aprender dibujo
y pintura se discutía sobre la obra de Van Gogh, Cézanne,
Gaugin, etc. Galí proponia tocar las cosas, los objetos,
las personas para después pintarlas y dibujarlas, de
forma que se ampliaba la experiencia sensorial para
después ser capaces de traducir visualmente todas las
sensaciones. Sus excursiones al campo no eran para tomar
apuntes o esbozos, sino que se paseaba, se tocaba música,
se leía poesía, etc. Es decir, se proponían unos métodos
muy distintos a los académicos. También en este año
conoce la obra de los Cubistas por la exposición que
tiene lugar en la galería Dalmau, entre otros expusieron
Gleizes, Gris, Duchamp.
Al año siguiente se matriculó en los cursos de dibujo del
Cercle Artístic de Sant Lluc, que también daba a sus
miembros la oportunidad de exponer, a los que asistió
hasta 1918. Ese mismo año Miró, que tiempo atrás había
alquilado un estudio con Ricart y había conocido al
galerista Josep Dalmau, exhibió su primera muestra individual
en la galería barcelonesa de este último, una exposición
compuesta de más de sesenta y cuatro obras cuyo interés
descriptivo, vivos colores e inquietas líneas dejaban
sentir significativas influencias fauvistas y cubistas.
También ese año, por otro lado, fundó dentro del citado
Cercle de Sant Lluc (junto a Ricart, Ràfols, F. Domingo,
R. Sala y, luego, Llorens Artigas) la Agrupació Courbet,
pintor cuyo radicalismo admiraban y querían trasponerlo
al avance en la intensidad y vigor del color y la línea.
En 1920 se trasladó a París, donde entabló amistad con
Pablo Picasso, y bajo la influencia de los poetas y
escritores surrealistas, su estilo fue madurando. Su
vínculo fue tan importante, que algunos piensan que
el biomorfismo de Miró influyó en la creación del la
obra Guernica. Miró también recibió la influencia del
fauvismo, sobre todo por la densidad del color y la
presencia del cubismo. Miró parte de la memoria, de
la fantasía y de lo irracional para crear obras que
son transposiciones visuales de la poesía surrealista.
De este periodo destacan obras como La masía
(1923), La tierra arada (1923),
El cazador (1923-24). A través de André Masson,
conoce a Michel Leiris, y probablemente a Antonin Artaud,
Robert Desnos, Jean Dubuffet, Paul Éluard, Marcel Jouhandeau,
Georges Limbour, Raymond Queneau y Armand Salacrou.
También conoce a Ernest Hemingway -que le comprará el
cuadro La masía- y a Ezra Pound. En Mont-roig comienza
a pintar La tierra labrada, Paisaje catalán (El cazador)
y Pastorale, que marcarán una nueva trayectoria en su
obra. En París, algunos poetas y escritores de vanguardia
se reúnen en el taller de Masson, en la calle Blomet,
45. Durante este periodo, las amistades de Miró incluyen
a Max Jacob, Michel Leiris, Georges Limbour, Benjamin
Péret, Armand Salacrou y Roland Tua.
La incursión de Joan Miró en el campo de la obra gráfica fue
posible gracias a su relación y amistad con el círculo
de poetas y escritores conocidos a través de André Masson,
al lado del cual Miró tenía, desde 1925, su estudio
en la rue Blomet de París. “Los poetas que Masson
me presentó me interesaban mucho más que los pintores
que encontré en París. Me sentía impresionado por las
ideas que expresaban y especialmente por la poesía que
discutían. Leía con afán durante toda la noche; principalmente
poesía, en la tradición del Surmâle de Jarry...”.
Dos años más tarde, en agosto de 1927, el poeta Paul Éluard
le remite unos poemas de Lise Hirtz, gran amiga de André
Breton, transmitiéndole su deseo de que fuesen ilustrados
por él. En realidad, no era la primera vez que se le
solicitaba una obra para ilustrar un libro. En 1927
el poeta J.V. Foix pidió a Miró que realizara un dibujo
para reproducirlo en la portadilla de su libro Gertrudis
editado por L’Amic de les Arts. Pero en esta nueva ocasión,
Paul Éluard le sugerirá la utilización de la técnica
del pochoir para este trabajo y en el mes de octubre
Joan Miró ejecuta los gouaches en los que se basará
para realizar los pochoirs que ilustrarán el libro Il
était une petite pie de Lise Hirtz. A continuación
se los enviará a André Breton. La publicación de
Il était une petite pie no se producirá hasta
noviembre de 1928, el libro incluirá finalmente ocho
pochoirs de colores. La técnica del pochoir no se considera
estrictamente técnica de grabado, sin embargo pertenece
a la obra gráfica del artista por su elaboración y por
su concepción ya que puede decirse que Il était
une petite pie es el precedente directo de
las ediciones de bibliófilo. Esta, además, será la primera
vez que Miró elabore unas ilustraciones pensando en
los poemas que van a acompañar.
1929 es el año en que inicia las primera litografías y el
año de su boda con Pilar Juncosa. La brutalidad de sus
obras durante la década de los 30 es un aviso de aquello
que iba a suceder. Son años de inicio de una abstracción
más acentuada, enfatizando su siempre deseo de reducir,
sin abandonar el dramatismo. En los primeros años de
la década de los 30, sufre una grave crisis creativa
que le lleva a abandonar la pintura por el dibujo y
el collage, comenzando la serie de las llamadas "construcciones"
realizadas en tres dimensiones. En 1933 Efstratios Elefteriades,
más conocido como Tériade, editor de arte francés de
origen griego, encargó a Miró una punta seca -Daphnis
et Chloé- basada en un pasaje de la mitología griega,
con el objetivo de ayudar a financiar la revista Minotaure.
Este magazin, publicado entre 1933 y noviembre de 1939,
fue fundado en París por el editor Albert Skira quien
pronto atribuyó la dirección artística del mismo a Tériade
con la colaboración de Paul Éluard y André Breton. Minotaure
se convirtió en modelo de efervescencia intelectual
que revelaba los mayores avances del arte de preguerra.
Joan Miró, en dicha década de los treinta, no hizo,
pues, sino ensanchar las posibilidades artísticas de
ese doble fermento investigador, antes descrito, y,
con ello, se afirmó como uno de los más destacados y
personales exponentes del arte surrealista. En esta
evolución, la serie pintada en 1933 en Barcelona, compuesta
de dieciocho grandes lienzos en los que partió de la
base del colage, sin duda está entre lo más representativo
de su inquietud. Miró reunió reproducciones, tomadas
de catálogos y revistas, de objetos mecánicos, herramientas,
utensilios cotidianos y, en general, de productos deliberadamente
exentos de poesía, para conformar inacabados colages
o ensamblajes, que guardaba hasta que la inspiración
“automática” les daba forma. Como en el caso de los
citados cuadros barceloneses, el punto de partida de
estas sugestiones, la cuidada composición y la aplicación
de una limitada gama de colores luminosos, característica
de su pintura, era cuanto necesitaba el imaginativo
Miró para incorporar aquellas formas a su mundo de figuración
orgánica. A pesar de que el proceso seguido por Miró
en la elaboración de sus obras parece alejarlo de los
motivos reales de inspiración, lo cierto es que el pintor
nunca llegó a perder la relación con el mundo real (el
de la tecnología, por ejemplo, en las últimas obras).
La pintura de Miró, ciertamente, fue haciéndose menos
rica en detalles anecdóticos durante los años treinta
y, paralelamente, sus signos se fueron simplificando
y su vocabulario continuó ensanchándose; no obstante,
el pintor siguió siendo accesible.
Por otro lado, en cuanto al mundo exterior, aunque Miró siempre
se mantuvo bastante apartado de la política, de los
compromisos militantes y de las querellas de grupo (algo
nada fácil ni frecuente entre los surrealistas), la
situación de la España de los años treinta le provocó
una gran inquietud que trascendió hasta su obra. En
sus creaciones de 1933 ya habían hecho aparición la
agresividad y los personajes monstruosos o deformes
y, a partir del año siguiente, Miró comenzó su serie
de cuadros “salvajes”: Mujer (1934),
Cuerda y personas (1935), La
comida del campesino (1935), Hombre
y mujer ante un motón de excrementos
(1936), etcétera. Esta última obra, pongamos por caso,
que fue considerada por el pintor como una especie de
premonición inconsciente del desastre que se avecinaba
(los conflictos bélicos español y mundial), muestra
a un par de personajes con el sexo bien marcado y unas
desproporcionadas extremidades, activamente resaltadas
por las sugerentes dimensiones y el contrastado cromatismo.
Situados, además, en una atmósfera de fuertes claroscuros
(lo que contribuye a dar cierto carácter trágico e irreal
a la escena), los signos y formas del cuadro, provenientes
de asociaciones casi infantiles de la percepción y de
la distorsión emocional de los elementos, se adecuan
de forma espontánea al tenso presentimiento que embarga
al autor.
En 1936 estalla La Guerra Civil Española, el 18 de julio,
le sorprende en París. Este hecho le impide volver a
Barcelona. En 1937 Realiza una obra para el Pabellón
Español de la República en la Exposición Universal de
París: El faucheur o el Segador, un
mural hoy desaparecido. Afectado por la victoria del
General Franco en 1939 y el comienzo de la II Guerra
Mundial, Miró se retira a una casa solitaria de Varengeville-sur-Mer
en Normandía. Estas dos guerras las sufrió como verdaderos
tormentos que sólo aparecerán reflejados en sus cuadros,
y deseos de escapar a la realidad que le llevan a refugiarse
en la noche, la música y las estrellas inaugurando una
serie de gouches denominados Constelaciones.
Aunque identificado con la causa republicana, volvió
a España en 1940, tras el inicio de la II Guerra Mundial,
donde llevó una vida retirada durante toda la dictadura
franquista. Miró también experimentó con otros medios
artísticos, como grabados y litografías, a los que se
dedicó en la década de 1950. También realizó acuarelas,
pasteles, collages, pintura sobre cobre, escultura,
escenografías teatrales y cartones para tapices. En
1947 va, por primera vez, a Estados Unidos, donde tiene
que hacer una pintura mural para la Gourmet Room del
Terrace Plaza Hotel de Cincinnati. Durante su estancia
en Nueva York, frecuenta el taller de Stanley W. Hayter,
Atelier 17, donde profundiza las técnicas de grabado.
El mismo 1947 participa en la exposición "Le Surréalisme en
1947: Exposition Internationale du surréalisme", en
la Galerie Maeght de París, organizada por André Breton
y Marcel Duchamp.
En la década de los 50, Miró busca nuevas soluciones a través
del grabado en madera: “En el grabado sobre madera
veo grandísimas posibilidades, pero haciéndolo de una
manera actual, no como los que quieren resucitar este
oficio, que lo hacen como se hacía hace cinco siglos,
sin tener en cuenta que antiguamente lo hacían de este
modo porque no existía todavía el grabado al buril (…)
Partir de la madera y con la magia de las herramientas
cortarlas brutalmente, como una talla negra –derramar
tinta encima de la madera y partir de estas manchar
e ir dibujando; partir también de manchas de cera que
dejaré caer sobre formas de estaño fundidas en el fuego
que colocaré encima de la madera. Hacer un triángulo
muy limitado y colorear todas las pruebas de modo diferente…”
. Así, en abril de 1950 se publica el libro Joan Miró
de João Cabral de Melo -diplomático y poeta brasileño-
donde Miró trabaja sus primeras xilografías con la colaboración
de Enric Tormo en su taller de Barcelona. En ellas,
se vale de la huella de una lata de sardinas aplastada
y de una aguja. En 1956 fija su residencia en Mallorca
en la casa que el arquitecto Sert le diseña en lo alto
de una colina, el mismo arquitecto que había diseñado
el Pabellón Español durante la Exposición Universal
de París de 1937 y el creador del Museo de Miró en la
ciudad condal. 1958 fue el año
de la inauguración de los dos murales de la Unesco,
en París. El proyecto recibe el Guggenheim International
Award.
Aimé Maeght decidió en 1959 abrir sus propias imprentas en
Levallois (París). Miró dispone de un taller donde trabajará
a partir de 1960 y hasta 1966 con la colaboración de
René Le Moigne y Guy Veliot, realizando una cincuentena
de estampas algunas de las cuales presentan una clara
influencia de Jackson Pollock y del expresionismo abstracto,
como la serie Gigantes de 1960 que
consta de seis aguatintas en blanco y negro estampadas
a partir de cobres de gran formato (casi un metro) previamente
recortados según formas al azar. Estas planchas preludian
a su vez las grandes composiciones conseguidas a partir
de la técnica del carborúndum. Miró declaró en una entrevista
a Lettres Françaises en mayo de 1961, que para esta
serie elige las planchas de mayor formato que la prensa
en talla dulce le permite y que las concibe y las graba
de una sola vez. Este tamaño le hace tomar conciencia
de su proyección y su lirismo, dejando ver el gesto
físico de su pintura. Miró, por otra parte, afirma que
cuando tiene que ilustrar un libro o realizar un cartel
lo hace con el mismo espíritu que cuando aborda la pintura,
sólo lo diferencian los medios y las soluciones. Cuando
graba no parte de una idea preconcebida sino que va
trabajando según los sentimientos que le suceden. Tanto
para un grabado como para un cartel, el ambiente del
lugar de impresión y el olor de las tintas son lo que
le dan el primer choc y le gusta robar de los operarios
las pruebas que éstos no toman como buenas, pues Miró
piensa que están llenas de ideas y de vida. En cambio
en la litografía le gusta hacer una maqueta previa que
trabaja sobre la piedra con los dedos o con no importa
qué para descubrir la materia: lo que le apasiona son
las sorpresas, jugar con lo imprevisto. En 1966 hace
sus primeras esculturas monumentales de bronce, Pájaro
solar y Pájaro lunar. En
1968 realiza su quinto y último viaje a Estados Unidos.
Impresionado por los acontecimientos que tiene lugar en París,
está informado de la situación y quiere conocer el espíritu
que los impulsa, para ello mantiene conversaciones con
sus nietos e intenta comprender las inquietudes de la
juventud de ese momento.
Estuvo trabajando ininterrumpidamente hasta que falleció el
día de Navidad de 1.983. |