Turismo rural, paz para aburrirse

Cuando, el domingo por la tarde, nos encontramos con Cristóbal el la plaza de la Virreina del barrio de Gracia, había mucho que contar. Todos regresábamos de vacaciones, se sucedieron efusivos abrazos, besos, y merendamos un par de bocadillos de pollo con queso azul del país.
Amelie – ¿Y tu de dónde vienes?
Cristóbal – de Hawai.
Ameie – ¿Y vosotros?
Maestro Ioda – Nosotros de Ripoll! – exclamó con fervor.
Así que las siguientes horas las pasamos escuchando relatos del paraíso, puestas de sol idílicas, aguas claras y bellezas exóticas, que resultaron ser una leyenda urbana o no están en el Hawai del Pacífico.
Pero Ripoll no está tan mal, ya sé que comparado con una isla tropical parece poco, pero nosotros nos divertimos de igual forma.
La aventura comenzó con una cena en la calle Verdi en pleno barrio de gracia. Comida libanesa, y mi plato favorito de esas tierras, el humus. Un poco de vino rosado de “la terra” y un cafelito express difícil de encontrar más allá de Finisterre.
El sábado excursión a la Floresta en “Ferrocarrils catalans”, coche y manta hasta Ripoll. Una ciudad interesante por su…por su…por su río, por la plaza de la iglésia, por el restaurante “Los amigos”, dónde por 30 euritos nos dieron una paella mixta exquisita, “butifarra casolana”, ensalada, pan y vino. Os lo recomiendo, como también el bar La taberneta de la plaza Sant Eudald, muy bonito y pintoresco por dentro, y agradable y fresco por fuera, en su terraza sobre adoquines.
La tarde se presentaba animada. No había perspectivas de ninguna fiesta en Ripoll, ya que estos marchaban a Olot o Berga por las noches debido a su carencia de oferta noctura. Todo indicaba pues que pasaríamos la noche contemplando las estrellas silvestres y degustando el aromático hedor de la ganadería local.

La casa Mas Moreta nos costó un poco de encontrar. Está cerca de Les Lloses, pero perdida en el monte, a dos km de la carretera contemporánea. La masía era gigante, reformada y decorada con sumo encanto, conservaba un estilo antiguo, de allá por el 1300 dc. Una plaza central agrupaba los distintos módulos del complejo, la casa, los establos y los almacenes de grano y herramientas.
Y allí estábamos nosotros, el dueño, y su mujer imaginaria que teóricamente cocinaba y arreglaba las habitaciones. La tarde era aún joven y necesitábamos un poco de ejercicio. Las vistas eran increíbles hacia el valle, y unos riscos desafiantes se alzaban a escasos metros. Comenzamos a andar y ya no paramos hasta que nos perdimos literalmente en medio del monte sin saber si subíamos o bajábamos. La prudencia, que es uno de los principios básicos de Sun Tzu, no hizo regresar al galope, ante la amenazante llegada del crepúsculo.
Después de un rápido aseo nos dirigimos al comendor para 40, ocupamos los lugares centrales y enfrentados de la mesa para 20, y nos miramos, un poco acojonados por las dimensiones de la sala, esperando una de esas recetas secretas de la cocinera fantasma.
Patatas rellenas de verduras y queso, y lenguado al horno. El maestro no es muy amigo de la carne, y dada la poca ocupación del lugar me tocó quedarme sin un buen filete de buey. Un par de yogures naturales repararon las carencias alimenticias de las costumbres vegetarianas de mi compañero de aventuras.
Finalmente llegó el momento más deseado de la velada, sentarse con un cortadito de filtro y un Malboro a contemplar las estrellas junto a las cuadras. Esta noche: taller de sueños. Iniciamos una autosugestión para conseguir un sueño activo. O sea, dentro del sueño, darse cuenta que uno sueña y tomar posesión de los actos imaginarios. 8 horas más tarde nos daríamos cuenta que, esta vez, no había habido suerte. Lo seguiremos intentando, porque tiene buena pinta y es gratis.
La mañana siguiente la dedicamos a comer, intentando terminar el desayuno a lo payés que nos habían preparado. Había tanta comida que pensé que, afortunadamente, no estábamos solos en el castillo. Y no apareció nadie más, salvo la mujer fantasma, que ahora sí, vino a charlar un rato y desmotó la pequeña historia que se fue forjando a lo largo de las horas.
Vuelta a la ciudad condal, con parada en las piscinas públicas de Tona. Una vez apeados de los ferrocarriles corrimos al reencuentro de Cristóbal, en la plaza de la Virreina, nuevamente en el barrio de Gracia.
Bueno eso de que los destinos rurales son tranquilos habría que matizarlo. Supongo de las ganas que tenga cada uno de hacer cosas, yo por ejemplo no he parado de bajar barrancos, subir picos y descubrir lagos de montaña este verano en Benasque (Huesca)