
Una de las primeras visitas, Obligadas, a esta ciudad es la “Opera House”. Seguramente, incluso aquellos que no habían oído hablar de la ciudad antes de los juegos olímpicos del año 2000, conocen la ópera de Sydney, que se alza majestuosa a las puertas del pacífico. Ole!
Y como más que obligada, a mi me parecía inevitable, la vi. Y la vi porque se ve prácticamente desde todas partes al acercarse a ver el mar en el centro. Pues bien, no me gustó. Me pareció fea. Pero no era blanca? Pero no era de algún tipo de material reflectante que la hacía parecer de plástico? Nada de eso, losa pura y dura, de un color amarillento, como si estuviera sucio.
Así que poco a poco me fui creando una opinión sobre la ciudad. Ni cocodrilos cerca, ni arañas peligrosas en el baño, ni indígenas por la calle cazando serpientes, ni siquiera un clima desconcertante. Era una ciudad europea más. Unos rascacielos en el centro, el más alto de unos 200m, oficinas, locales de comida rápida, repartidores de periódicos, taxis, cabinas telefónicas, semáforos, asfalto, ladrillo y cristal.
Sin embargo, detrás de esta apariencia occidental, detrás de otro icono de la globalización, detrás de la primera impresión se esconde otra realidad.
La gente es extremadamente amable. Te saludan por la calle, en el bus, en un tienda. Hablas con gente en cualquier lugar sin que nada sobrepase la naturalidad, si estas moviendo una mesa en un bar, alguien se levanta y te ayuda. Si sacas un mapa alguien se para y te ofrece su ayuda. Y todo esto todos los días, en todos los lugares, y a cualquier hora. Evidentemente no está pasando constantemente, pero si varias veces al día, nada corriente en nuestras latitudes.
Luego está el estilo. Fuimos a pasear por Oxford Street, dirección al mercadillo de Paddington (estoy en Sydney eh, no en Londres), y a lo largo de la calle surgieron comercios nunca vistos. Una tienda de cosméticos con un concierto dentro de música latina. O sea, una batería, unas trompetas, bongos, voz, y una guitarrilla. Y por supuesto un músico para cada instrumento. Ellos y un par de dependientas a las que daba la risa con las caras de la peña que se metía allí.
Pero no fue todo, unos metros más abajo una pareja bailando tango en medio de una agencia de viajes exóticos. La agencia es como las que hay en nuestras ciudades, mismo tamaño, misma decoración, y mismo personal. Solo que por el medio estaban la parjita bailando, con su músico correspondiente.
Luego un bar que era además una tienda vintage estilo mercadillo. Uno iba a la barra, se tomaba un quinto, y por detrás había algún hippie vendiendo ropa del año de maria castaña, otros vendiendo zapatos, etc. Seguro que de estos hay en alguna parte, pero aquí lo iba encontrando todo seguido.
Una vez llegados al mercadillo de Paddington, otra vez la piel superficial…otro mercadillo más. Nada más lejos de la realidad.
Por lo pronto aparece un tío vendiendo fotos, y uno piensa en postales, fotos que se compran en un mayorista, etc. No no, las fotos las hacía él, era no solo un fotógrafo, si no un artista vendiendo sus mejores fotos. La mayoría relacionadas con Sydney y alrededores. Fue curioso porque detrás de cada foto había una historia y un porque, a parte de un lugar o unas personas. Y el vivía de aquello, y otras exposiciones en las que participaba.
La ropa más de lo mismo. Diseñadores privados, tíos y tías independientemente, que vendían allí su ropa hecha a mano. Otros vendiendo vestidos de punto, otros camisetas exclusivas, y luego todo el tema de la joyería y chorradas hippies, a cada cual más original.
Casi todo hecho a mano, y muchas cosas por los propios vendedores.
Así que a estas alturas, mi impresión de la ciudad ha dado un giro de 180 grados, y ahora todo parece bonito. Incluso la chica que encontré en el aeropuerto empieza a ser la chica que yo conocía en Barna…aunque aún está lejos, y mi paciencia no sé de dónde viene. Luego no sé cuanto durará…
PD: Por cierto, la chica estaba. Como se intuye, la cara era la misma, pero algo dentro había cambiado y parecía otra.