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Los primeros días en la primera capital de Hispania

Todavía descolocado porque el primero de los grandes viajes llegaba a su fin, hice entrada en la ciudad con ganas de ver a mis padres, mi hermano, mis sobrinos, mi cuñada, el perro, y la camarera del bar de la esquina.

Que desagradable fue descubrir que Gran Jefe seguía cabreado como cuando me fui. Sin proponérmelo en unas horas ya tenía ganas de desaparecer otra vez, de volver de viaje, de volver a Londres, o de tirarme por un puente…con paracaídas. Nada merece el dejar de luchar y rendirse.

Y más odioso todavía fue oír una de esas conversaciones a grito pelado en el que Gran Jefe decía que por el me podía ir de allí, de mi casa.
Cogí las maletas, aún empaquetadas, y me encaminé hacia el barco a pasar la noche allí. Por la mañana ya me mudaría a casa de Marsella.

Desgraciadamente para mi se produjo uno de esos calculables imprevistos. Y es que al llegar se habían quedado las luces enganchadas del coche verde. No se me ocurrió otra cosa que desconectar la batería y entrar a sentarme con urgencia en el sofà.

Más o menos era la 1 de la mañana cuando me dispuse a montar en el coche verde, que no abría. Sería conveniente usar la llave pues.
- Vaya! la cerradura está rota. Iré a la del acompañante.
- Joder! no hay. Tendré que entrar por el maletero.
-Me cago en la p…! Esta rota también.

Que iba ha hacer ahora? Con unas maletas llenas de calzoncillos sucios, un cabreo incipiente, unos deseos locos de una cama, sin cigarrillos, y tirado en frente de casa de mis padres.

Hubo que emplearse a fondo. El objetivo era abrir el vehículo sin romper nada, así que me subí a un árbol y arranqué algunas ramas. Con una gruesa conseguí abrir la ventada de atrás, aunque no dejaba paso más que de 3 dedos. Luego hice una l usando como cuerda las pieles de las ramas frescas para intentar abrir el seguro.
No hubo forma de hacerlo, así que fui intentando artimañas hasta las 4 de la madrugada. Me sorprendió que nadie llamara a la policía para acabar de redondear la fiestecita. Y es que allí nadie me conoce.

Por uno de esos golpes de azar me di cuenta de que el cristal estaba más salido de alante que en el otro costado, así que deduje que tenía juego. Bingo!, una lámina finita lo sujeta por alante, así que moviéndolo se podía pasar de 3 a 4 dedos por atrás. Entonces, tras cortarme durante un minuto la circulación del brazo y varios intentos conseguí llegar al seguro. Se trató al final de introducir el brazo entre el cristal y el marco, con el único inconveniente de que cuanto más cerca del seguro estaba, más estrecho era. Una odisea!

Por fin pude arrancar el coche verde e ir a dormir. Me quedaban un par de días para suavizar las cosas en casa, resolver unos temillas, y encaminar-me a Asturias. Volvían los viajes y las juergas. Cigarra mala!

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